El viajero que sí estuvo allí.

De Luanco al Faro de Peñas

CAPÍTULO I

La luz del mar hace un recorrido desde la lejanía del horizonte hasta acercarse a la costa que asoma, al borde de los apacibles arenales, como una sedosa sábana, suave y tibia. Mientras la ola, silenciosa y discreta, va rebotando en el agua, entrando como una acuarela de trazos luminosos en el municipio asturiano de Gozón. Una representación de reflejos cromáticos dibuja desde el imaginario horizonte el pueblo costero de Luanco, que se abraza a la arena sin temor, como un jardín que no se acaba jamás, en total entrega y ofrenda al infinito mar, a lo largo y amplio del litoral asturiano y, la duda del alma se disipa al instante, sin moverse ni un segundo. Como si detenidas estuvieran las manecillas de todos los relojes que marcan las horas del sol, y también de la sombra más umbría. Luz de sí misma, el pequeño pueblo de Luanco resalta por los bordes y los cantos del espejo, donde se reflejan los pensamientos más alejados y profundamente vivos. Perfilándose como un soneto marino que rima con el instante de fantasía que dura la fuerza de la ola, cuando ésta percute en la roca más compacta y maciza, produciendo sonidos de rumores sutiles de templada naturaleza, siempre viva. Poesía y agua a la vez forman el mejor poema; su propia rapsodia, de tradición y costumbres asentadas por el paso de los tiempos. Todos los poetas del mundo podrían estar aquí: en las playas de Luanco. Y como trovadores disfrazados de suaves caricias, la brisa marina les llevaría al éxtasis más rimador y lirico, para hacer los versos más hermosos, donde el mar baña a la cuenca Cantábrica por los cuatro costados, hasta hundirse por el horizonte más lejano y distante.

Luanco; donde cada mañana es diferente a la de cualquier otro día, donde el sol amarillenta la temprana mañana que disipa la neblina y alumbra el puerto fondeado, donde están amarrados los pesqueros de tareas de tajo del oficio de pescador y de marino. Donde los mástiles erguidos de sus embarcaciones se alzan empinados apuntando al cielo. Y, por su parte inferior -hundida en su quilla fondeada de color óxido y enmohecido por debajo del agua- les ilumina como reflejos de muchas travesías. Prueba de que es puerto de mar. La luz del día aclara como un momento que le presta todo el pequeño pueblo de Luanco, como si la luz bajara de los infinitos cielos, con la fuerza del sueño y del marinero que le protege del desvarío de las verdades profundas de cada día. ¡Cuanta mar y cuanto olor a mar!

El viajero sabe que tampoco todo en la vida es considerar que lo visto y andado va a perdurar en el tiempo. Por eso quiere contarlo en historia, en papiro de letra grande y redonda. Viviéndolo y sintiéndolo todo en primera persona. Para relatarlo bajo el cielo impermeable o por los azules mares. Porque ambulantes son las palabras. El viajero, documentado por la experiencia propia del paso vivido, del aire respirado y del camino andado, a veces se hace olvidadizo, en la ínfima memoria que roza el aire, bajo un barniz de fina ausencia quien la curiosidad no calma y lo desea poner por escrito.

El viajero camina por el pueblo de Luanco ilusionado, soñando despierto, fantaseando conscientemente. La verdad es que no se oculta. Por el recorrido hacia el hotel se cruza con un pescador -de estos de caña- que debe venir de tirar el hilo, trincar y tirar del sedal con el cual a los peces siempre se engaña. A veces la magia de la vida consta de encuentros breves, con los cuales se recicla el alma; como desposándose de la soledad, emitiendo un impulso misterioso y desconocido que emana de lo abstracto.

- ¡Buenos días! ¿Voy bien para el hotel de playa de Luanco?

- ¿Va usted buscando trabajo en la pesca?

- No, señor. Yo soy escritor.

- ¡Ah! Entonces no trabaja ¿no?

- Hombre..., no sé qué decirle.

- Al fondo del camino, a la derecha, encontrará el hotel. ¡Que usted lo pase bien, “maestro”!

Es de buen agradecer que la gente diga las cosas como las siente. Soltando la sinceridad con desbordante franqueza. Pues, a las verdades cómplices, se hacen recuerdo cuando somos de naturalidad y sencillez más clara. De simpleza y sensibilidad, que a la verdad no lastima por carecer de malicia. Al puerto de Luanco también se puede entrar por el camino secreto del mar. El cielo está lleno de rayos que el sol deja caer como una suave luz; sedosa y delicada que ilumina todo el municipio en una pincelada amarillenta del lienzo más hermoso. El ruido de las olas llega a la orilla, como una suave melodía con una coreografía singular y misteriosa, como una danza trenzada por el baile más armonioso que ofrece el lustroso mar. Dejándose llevar por rumores, como un pedazo de aterciopelado manto, y por el suave color de tonalidad azul que hace prisionera el alma.

A Luanco también se puede acceder por donde rompe la carretera sobre las arenas que se acercan a la costa; presumidas y vestidas de azul, con el reflejo de la luz del sol acompañándolas y, como el tacto de un suave guante, resbalan por encima del pequeño municipio de Gozón. Su orografía dibuja una bahía que es pórtico de entrada de mar. Antesala de historias de marinos, de mallas y aparejos que resbalan por las manos curtidas del marino, de redes y utensilios usados para el oficio de la pesca. La espuma del agua -el sonido de la brava y atrevida ola- resuena por los recoletos más apartados, a lo poco que se recala en el puerto de Luanco. Desde allí los sonidos de las olas se oyen como un eco amplificado, que resuena con la fuerza del que llama a la calma más mansa y sosegada. Y, todas las ánimas suelen hacer caso. Porque las almas sanan cuando se encuentran en paz y sensatez del equilibrio, haciendo el balance más puro y de justa mesura, que la bondad llena de una verdad refinada que se puede medir. El puerto de Luanco, a la vista (en proporción con lo que se ve) encanta en un frenesí y delirio marino, que se alimenta del aroma de ciertos olores y fragancias -que de ultramar vienen- como si de flechas frescas saladas de perfume vinieran caídas del cielo. De sus aguas, en el espigón, se detiene la brava ola: de sus pesqueros amarrados como si estuvieran cogidos con lazos de suave encadenado y que no les acaban de apretar del todo jamás. Quizás sólo ceñidos y abrazados. Mansos y serenos, los pesqueros parece que descansan en un denso silencio; como si estuvieran durmiendo, como si sus sueños estuviesen suspendidos sobre las aguas que guarda el antiguo puerto.

De su paseo marítimo, paralelo al pueblo, se camina por él como en moqueta; suave y sutil. El paso se hace sereno al andar para liberar pensamientos o evocar aludidos recuerdos que no vayan contra la imaginación, ni tampoco contra el ensueño. Y, todo esto, en una simbiosis de combinación de magia y encantamiento hace que, todo junto, actúe sincronizado; agua, aire y tierra se moldean con una ternura lírica de aire romántico y delicado, fundiéndose todo como si fuesen apasionados besos de labios marítimos; de besos húmedos, como si el mar pudiera amar como doncella que exhalase su aroma. Y de todos los secretos que esconde en escena el paisaje, que son muchos, Luanco ofrece lo que tiene, sin complejos ni engaños, desnudo a la mirada y a sus mudos silencios, en vez de fingir que los ignora.

Si seguimos andando por el pueblo vemos las casas adosadas, una al lado de la otra. A la vista, su paseo marítimo, sigue satisfaciendo por lo sencillo y por la belleza de la magia misteriosa que obsequian las villas marinas, a vista desde las bambalinas de la belleza que no se oculta. Las moradas y habitadas casas parecen acogedoras y de generosa hospitalidad, para el qué la intención sana y honesta de viajar lleva dentro del alma y en la trillada mochila, que cuelga al reverso de la espalda. Desde sus balcones se puede contemplar la maravilla del horizonte, cuando despierta a la mañana. El morador de la vivienda, cuando aviva el sueño, puede sentirlo en sus amplias terrazas; como un mirador de galería abierto a la mirada de sus aguas; tranquilo y apacible, del amanecer más placentero y confortable. Casi nadie sabe en qué silencio se degusta el despertar de la primera hora que asoma en la mañana en Luanco. Es ese momento de los pensamientos solitarios, de los que rebotan en el aire más sincero. Ante tal escena suspendida en la retina, uno desearía que no le despertasen del todo, para alargar el placer del momento.

Las manos, los dedos, el tacto de la piel del viajero, sienten el hormigueo de la curiosidad más adherida. Puede que sea la irrefrenable necesidad de la criatura por degustar el camino andado. La impertinente intromisión queda ausente y asoma la elocuencia del escritor ya no tan joven, pero algo poeta y trovador, que va en busca de aventuras. Del escritor de puertos y contador de historias de ideas transparentes y consumadas, que en tinta sobre el papel se le derraman. Haciendo de todo. Mil sensaciones juntas, que remachan el instante con la ilusión de la verdadera existencia de lo vivido. Y también de los elocuentes momentos que se va encontrando al paso andado, y de las gentes tratadas. El viajero, para embellecer su vida, tampoco necesita demasiado.

El viajero hace arribada en el hotel para acomodar carne y espíritu. La entrada del hotel es diáfana y da confianza por su cuidadosa decoración marina. Huele a confort y al buen hacer de la anfitriona. El vestíbulo inunda el espacio dejando sólo un rincón de umbral en sombra. La acogida es como una suave manta de la que se abriga, que es comienzo de hospedaje y albergue para el escritor que de aventuras desea curtirse. Para el viajero el hotel es una casa que se usa para el descanso, donde buscará el silencio y el letargo voluntario y, sin ser forzado por la voluntad que significa la libertad, con una suave y esponjosa melodía posándose suave en el alma y el pensamiento; que se alimenta del aroma sutil de ciertos olores y fragancias, que suele dar el resguardo más íntimo y placentero de las tierras asturianas. El viajero se dejará llevar sin que la quietud se le vea turbada.

En la recepción, el viajero es atendido por la señora Concha; la dueña, que es mujer presumida sin llegar a lo vanidoso. La señora Concha siempre va repeinada y bien vestida -es muy coqueta-. Lleva atendiendo a la clientela, de paso y de confianza, hace ya más de treinta años. Uno tras otro. La señora Concha ha visto pasar a tantos viajeros como navíos ha visto transitar la templada mar en el horizonte. Y siempre tiene una dulce sonrisa y un gesto de cariño para sus clientes. El viajero se registra en recepción, como es costumbre en industrias taberneras, hosteleras, posaderas y fondistas.

- ¿Va usted a trabajar a la pesca?

- No señora, de momento no. Soy escritor.

- Pero trabaja, ¿no?

- ¡Si señora!, claro. De escritor.

- ¿Y qué escribe?

- Novelas de viajes.

- ¡Eso me interesa! ¿Hablará de mí?

- Pues claro mujer.

El viajero sube a la habitación por los suaves y sedosos peldaños de la escalera de madera que van camino hacia los aposentos. Y, sólo entrar en la estancia de la habitación elegida, deja la mochila en el plano suelo y se descalza con alivio y vicio que da el confort, en el apalancamiento más placentero. sintiéndose como si hubiera hallado el jardín del desahogo y la holgura del bienestar más sibarita.

El viajero se dirige al ventanal exterior que se asoma a la balconada y que da al mar a lo raso y escampado. Esa ventana con aire mágico, que tanto vio en la foto del folleto, y que le atrajo a estas tierras asturianas imantado por su belleza paisajística y panorama de escena única. El mar, todo poderoso, está al alcance de la retina desde un panorámico balcón. En un instante se pueden divisar varios mundos, desde la ventana que da al lustroso mar. Esa balconada que le contaron aquellos otros qué, antes que él, viajaron a estas tierras asturianas.

El viajero asomado, como un feliz chiquillo, nota que los ojos le brillan como soles, cómplices necesarios de cada mirada, de cada gesto que camina hacia el alma. Porque la plataforma que sujeta el balcón en el exterior, y que se proyecta desde la pared adherida, le parece como una atalaya de mirador de centinela, cuyo único cuerpo de guardia es la espera del momento más deleitoso, que le transmuta y altera la forma de ver en la lejanía, dejando perder la vista por el horizonte de Gozón, el prisma más sensible del paisaje marítimo de Luanco. Delante; el mar y al fondo; el esplendor del pesquero pueblo adosado a su litoral. Una muda elocuencia se apodera del alma del viajero. El olor de sal embriaga el aire que viene de ultramar, que es aroma ,como el incienso lo es; fragante para una iglesia o templo divino. El viajero inspira a pulmón abierto. Así, a carne viva, como si tuviera una herida abierta por el viento, y se siente profundamente abrigado del placer más refinado; como hechizado y presa de encantamiento y embrujo del momento vivido. Un hermoso silencio flota en la “encantada” habitación donde, el viajero escritor, se imagina su mundo por dentro. Un mundo sin sonido, sin palabras, sólo roto con tramoyas del viento, que golpea los visillos de la persiana que cuelga balanceando desde la ventana. Sublime, se desplaza la imaginación que todo escritor debe plasmar en la memoria y de los secretos que ésta esconde. El viajero goza del incomparable privilegio de la contemplación, del marco más adherido al testimonio de lo observado, que es asomarse al borde saliente que asoma al mar Cantábrico. Donde, con los ojos cerrados -como si soñara-, oye el sonido sigiloso y callado del silencio qué, como unas murmuraciones imaginarias de voces lejanas, transmiten la paz más envidiada. Como si fuesen reflejos sigilosos empujados por el viento. Si terminaran las voces puede que, después, sólo resultaran ecos de recogida y abstracta fantasía, y de delirio adherido a la clarividencia más locuaz y discreta.

El Cantábrico es transición entre las arenas de color ocre de sus playas y las frías aguas del litoral que baña la costa norte de la península. Olas de mar que se acercan, ajustándose a la medida de la costa, con discreción. Y qué combinan a la perfección con el paisaje que el viajero no había llegado a imaginar en sus sueños más livianos.

Alrededor de su litoral; sus playas como testimonio de su extensión, de su holgura y grandeza a lo largo de la cornisa cantábrica, con el sonido de las olas como una música que se escucha, y que no va contra la naturaleza de las cosas. Sino para confirmar la naturalidad y trazada representación del pueblo de Luanco, de sus costumbres y usanzas diarias. De un pequeño municipio, protegido desde la amplia terraza del mirador, qué, en lo alto, domina bajo el poder de la fantasía más presumida. Y qué, hasta las sirenas lloraban, porque no podían caminar en la arena para compartir las orillas descalzas con su erotismo desgastado. Pues las sirenas, ya se sabe, que son criaturas fabulosas y mujeres hibridas de torso femenino para arriba.

El viajero -que está bastante cansado- se echa, a peso caído, en el confortable catre de la habitación (casi se tira) panza arriba, que es el atajo más breve al delicioso sueño. Esto es; hundido el cuerpo en el colchón y mirando al cóncavo techo. Hay pocos placeres en la vida más hedonistas y viciosos que echarse en catre ajeno sin que nadie ni nada te moleste. Es como una liberación trazada ambiguamente, evasiva y sibilina y del gozo de dejarse vivir. De un descanso regenerador y reparador, para luego afilarse de nuevo al cometido de contar historias vividas, que emanan libertad y licencia de una pluma con alma independiente y libre. Porque, si un escritor va cansado, no escribe con claridad y luego sólo salen tonterías y necedades que no interesan a nadie.

Al fondo de la habitación el rumor sonoro del mar vuelve a brindar y deleitar al oído una paz difícil de hallar. Es un sonido que rebota por todos los rincones de la estancia, y que se oye como si fuese cosa de magia y encantamiento; del hombre huyendo de prisas e impaciencias. El viajero escribe unas palabras subrayadas en su libreta de espiral, en un momento de entrega y fantasía total.

“Si el sonido del mar pudiera al oído contármelo a solas, en Luanco, comenzaría de nuevo mi vida sin mirar jamás atrás.”

La tarde se va entrando en Luanco, al avance de las manecillas del reloj que van al encuentro de las horas más cercanas de la noche, prólogo, de que desea llevarse el futuro tiempo; como la música que se va. Mientras, el viento sigue acariciando los cristales del balcón de la habitación con suavidad y parsimonia, como para demostrar que todo suena a viento y que todo parece una conversación seductora y cautivadora con el murmurador aire. El viajero se pone a escribir haciendo nido de las experiencias del día, que no han sido pocas. Y, como el alquimista que con sus esencias y elementos mezcla y agita para conseguir sus reactivos impuros, el escritor compone la miscelánea de su lenguaje hibrido y mestizo con sus palabras desordenadas. Herméticas y arcanas a la vez. Para acabar plasmadas en cartilla de papel de pliego, que dará vida a esta historia que se cuenta.

De la mente imaginaria sale el verbo indiscreto pero esmerado, como en una fontana majestuosa de inspiración peculiar, brotando todo ello de no se sabe muy bien de donde. Las palabras, que a veces se atascan en la memoria, se ordenan con voluntad del higiénico y limpio juicio, y se vuelven como astillas clavadas en la mente, escondiéndose sin mala intención, en el árbol de nuestro recoleto entendimiento. Pero si uno insiste… ¡fluyen, fluyen!

En Luanco un sorbo de tarde de primavera se deja caer en el pueblo, donde todo lleva a un momento introspectivo, un momento de recogimiento y vivencia reposada. La tarde, a veces, es como guardiana de los misterios más imperturbables y perezosos. El viajero sigue anotando sus pensamientos en papel de barba; que es papiro muy fino y liviano, donde la tinta reposa con ternura contando momentos de lo vivido. El viajero está un poco cansado, el entendimiento como anestesiado y con las pupilas dilatadas, pero con el gozo más estremecido de plasmar en letra lo que por dentro siente. Y tranquilo porque nadie le empuja y nada le retiene. Mientras, la luz tenue de la lámpara del techo cae a plomo sobre sus hombros. Cuando uno está relajado puede entrar en un mundo de claridades e inspiraciones inimaginables, que puede hasta hacer quebrar los anchos anhelos y suspiros más esperados. Desnuda va la imaginación para forjar de palabras doradas el instante, para decir esas cosas que se sienten sólo en el más grande de los silencios. Igual de una voz ya usada, igual de un reloj con vago aire soñador, que ya no marca las horas porque su arrogancia de detener el tiempo es su sembrar semillas del olvido. Y así pueden nacer buenas historias. Porque todo se ve más translúcido cuando en el cristal donde descansa el silencio se asoma a balcones imaginarios, donde el tiempo se detiene.

Como pedacitos de estrellas en el firmamento, la tarde sigue avanzando en Luanco. La visión no queda sólo en el relieve del paisaje más diáfano. Y de sus aguas, de su bravo oleaje, se puede dar el mar por aludido. En Luanco el azul color del agua de mar camina descalzo, acompañando a el silbador viento; como si fuera llamado por todos los corazones desde la ventana que asoma y brota hacia afuera de la fachada del hotel, como una candela que vigila de las veladas más íntimas. Y para decir esas cosas que se sienten sólo a solas, y a oscuras. Aunque, de espaldas a la luz, ningún hombre puede ver su camino; de la misma manera que el molino no puede rotar si de viento está falto y necesitado. Son esos momentos imperturbables, para decir esas cosas que solo se sienten por dentro. Y, para saber que no es extraño ni cosa mala de la mente, la bendita locura de la soledad más apartada.

Bajo un cielo de tarde encantador, el viajero sale del hotel a pasear. A estirar las piernas y a deleitarse con productos de la tierra: algún trozo de embutido, otro de cacho de chorizo a la sidra, o la siempre popular y representativa fabada. Todo esto, acompañado de buenos vinos vestidos con los suaves olores marítimos, que también suelen alimentar el alma de la curiosidad más acometida. Digo esto, por tanta razón, como viajero de entendimiento.

Desde las escaleras de cemento que se adhieren al paseo marítimo, paralelo al litoral, se contempla la escena más bella a golpe de la mirada. Agua y aire a la vez; proporcionan un maravilloso mudo silencio que sólo la gaviota se atreve a acompañar con su canto a ras de mar.

El viajero entra en la Posada del Mar, en la calle de la Riba número quince, para satisfacer su necesidad de sequedad del gaznate y curiosidad del estómago, que a estas horas ya ronronea. La Posada del Mar es un mesón restaurante. Eso es lo que pone en un letrero de pizarra en el exterior, rotulado con letras blancas en fondo azul oscuro. El rótulo no es luminoso porque igual no le hace falta y tiene bastante con la lumbre natural. Otro cartel más pequeño nos indica: comidas en el primer piso, donde también hay una pequeña terraza exterior que da a la calle, con unas mesas y sillas de madera, y unas sombrillas en posición estoica que las acompañan. La baranda es de esas antiguas, hecha a escuadra y cartabón, y también es de madera. El viajero se acomoda en la mesa del rincón de la terraza para soltar el lastre del tiempo y engañar un poco el estómago con una confianza absoluta.

- ¿Qué será, jefe?

- Un vino y unas tapas, por favor. Oiga, ¿voy bien para el Faro de Peñas?

- ¿Va usted a la minería, por un casual?

- No señor.

- ¿Usted de qué trabaja?

- De escritor.

- ¿Y eso da dinero?

- Hombre...

El viajero sale de la posada bien embutido por unos chorizos curados y muy aromáticos, acompañados a la par de un buen vino de crianza, que siempre da vida espirituosa y alimenta el alma.

Saliendo de la taberna, el paso alegre le transporta a un lugar donde el mar siempre resplandece, como gracia a qué atenerse. En el paseo marítimo de Luanco el mar es de un color azul intenso; como el zafiro pulido y recortado. Entrando en la Asturias más septentrional y norteña se puede mirar con el alma, que es esencia y propiedad para la contemplación más sana que casi nunca engaña.

A lo lejos, a vista de la distancia, el pueblo se asienta instalado en la maravillosa ensenada del entrante fondeadero, que encala el puerto y que propicia el espectáculo asombroso de un paisaje de esos que ven partir los recuerdos y las formas increíbles de nuestros deseos. Cae el sol, como cuando atardece; con elegancia, sin prisas, tan propio y tan natural. Contemplando la escena más bella, el viajero sabe el valor que tiene la fuerza y la sabia de la arena. Y de las olas atrevidas que se acercan sin sonrojo ni rubor a la costa Asturiana. Heredera de la Puebla de Gozón, allá por el lejano y distante siglo XIII. Los asturianos valoran muchas otras facetas en las gentes. Eso se nota -y puede ser esa, la diferencia- entre la asfaltada y estresada urbe y el espeso y brillante arenal de tranquila paz sosegada, que abraza a las villas marineras. Y qué el tiempo parece que se deguste más suavemente, como reposando en el lapso transitorio del caduco curso de la vida.

El viajero no lleva gafas de intelectual, ni tampoco es erudito de nada, ni va a enseñar ni a ilustrar. El viajero sólo pretende ver con los ojos, como asomado a un ventanal de cristales transparentes. La magia está a punto. No hay camino largo, sino paso sereno y breve que recorta la dulce distancia, como en un cuaderno de dibujo, hechos los trazos a tiza y temple de la mano imaginaria; virtuosa y comediante, donde caben todas las historias de la vida dormida. ¡Si mi vida es así, que le voy a hacer! Que si ésta es caprichosa, yo sólo soy espectador de mi destino. Mientras, las horas van pasando iluminando el alma mía. ¡Qué importa si luego me ven a solas llorar!

Al paso andado, siguiendo el camino, el viajero contempla como la cornisa Cantábrica luce esplendida; como una marquesina transparente cubierta solo por el infinito cielo, como una cúpula celeste de colores combinados en una amplia variedad de tonos, de una mezcla sustractiva, que cubre de día el paisaje más bello. El viajero disimula, como para contener las lágrimas, al ver la belleza que encierra el momento del crepúsculo, allá en lo infinito de las sensaciones, del periodo de la tarde que sabe adónde va. Donde las horas se hacen más lentas y las nieblas las pueden ocultar. El manto que cubre el celeste cielo se descubre al bajar la marea, que es momento que nunca se ve durante el día, para ver las estrellas mágicas que cubren la tupida noche cuando acaba la jornada de las largas horas pasadas. A eso, hacia donde se asienta la tarde. Esto es costumbre de cada día en Luanco.

Al fondo del camino de la Villa, que está situada abajo (según se tercia) hacia la ensenada costera. El saliente resalta entre el verde de la hierba rústica pastoril y el azul aterciopelado del lustroso mar. Mostrando luminosidad y pura viveza que se funde, en presencia de lo conocido. Que domina en una simbiosis de fusión y de entrega, que parece hechizo de amor y de pasión; que es cielo y tierra abrazados como amantes entregados. Amor de muchos amores. Y que sólo la vista recorta, por la línea que confunde, el horizonte en un espacio circular e imaginario. El siempre desconcertador horizonte, cincelando a ras de agua, grabado como el escultor talla la figura, y como si fuera un arcángel moldeado con amor infinito. ¡Cuanto mar! Y cuanta belleza a la luz que sigue, que se aleja y nos deja la umbría del sol, pudiendo eclipsar la vida por unos mágicos momentos. En Luanco florecen cada día nuevos horizontes claros y limpios, que vienen a compensar la belleza del paisaje combinado; de agua y de sal, de arena y de musgo, de aire, del curtido y siempre viajero viento. Gozando de la vida, imaginado quimeras imposibles. ¡Bohemio hasta que me muera!

El viajero vuelve la vista atrás y sonríe. Sonríe porque va a comenzar su aventura de contar historias que le sobrevengan y le sorprendan por el Principado Asturiano. Por los polvorientos caminos divisará y relatará al paso andado de la mejor manera que pueda narrar lo que vea, con buena voluntad, buen criterio, sensatez de buena fe y pincelada juiciosa a la vez. Porque, el viajero, sólo es narrador testigo, conversador afable y juez de nada.

Asturias se presenta abierta como un abanico de oportunidades divergentes y de mágica percepción visual, suave como los senos de una sirena, que hace qué los sentidos rocen la lírica de todos los colores. Como los de la paleta de acuarelas extendidas que, en la mano del hábil artista, crea sueños sutiles y delicados, que plasma en el más bello de los momentos; claros y limpios. Como el pintor de marinas, que al final no llegó a cansar su retina, con la cual colorea y da trazo al lienzo más hermoso en una bacanal de colores, pigmentos y delirios asombrosos. Un denso silencio mudo cubre el tejadillo del agrisado cielo de Gozón. Un silencio que sólo es roto por el impulso y potencia de la ola, que vuelve a chocar contra el risco más sólido y macizo arraigado. Como en un forcejeo y brega de lucha y poder entre la tierra laboriosa y entre el agua brava, que viene de dentro del mar. Para acabar sumisa en la dura roca arraigada. El viajero tiene la sana intención de andar, dejándose llevar cándidamente por veredas y caminos en los que se encuentre, y de los que buscará, -preguntando, si es necesario con fundamento-, sino los hallara por sí mismo o por el destino de la fortuna, al caminar del paso manso, en lo llano, que siempre baliza camino. El paso cuerdo, y loco a la vez, para poder construir momentos de luz de sana inspiración, entusiasmo, musa y vena que encante al agradecido lector, que siempre busca la alquimia de la palabra, y sumergirse en mundos mágicos y asombrosos, para después dejarse llevar como si hubiera estado allí. La emoción del primer paso es algo que se cimenta con las suelas del zapato, en la ensenada más tímida y apartada.

En Luanco sus afables gentes; que aman y que sueñan, que trabajan y descansan, que gozan y que sufren, pero prevaleciendo la bondad como conjunto de emociones y sentimientos prendidos. De buenas intenciones y voluntad de echarle sencillez a la vida. La mirada más tierna del ser humano, y la dulzura del encuentro más casual e inesperado brotarán; de la aventura y andanza, implicada y comprometida, esencia del valor impaciente del factor humano qué, al final, puede que no llegue nadie con tanta facilidad como a veces pensamos. Devenir la naturalidad de las costumbres y de los pescadores de agua en el corazón, de los de tierras casi siempre labradas, de los que trabajan con confianza la tierra del cultivo en su hacienda, también. Dándole el calor necesario y el simple pasar del tiempo, para que la semilla brote sana y regenerada.

- Aquí, trabajamos la tierra. Y también el mar.

- ¡Se nota, se nota!

- ¿Usted trabaja, joven?

- Sí, de escritor.

- ¿Y eso es un trabajo? ¡Caray! Qué bien vive usted.

Escribir es una ardua tarea y lleva su tiempo. Pero, el anhelo y el deseo del viajero, harán fácil tal empresa y cometido. ¡En un mes pueden pasar tantas cosas! En un mes la gaviota sobrevuela mil veces las aguas enredadas y rebeldes, que de ultramar vienen agitadas y excitadas. En un mes la ola choca contra la roca, tantas veces que la perfila como si fuera hecho con un cincel, tomándose su tiempo, sin excesivas prisas. Indiferente, pero con identidad propia, poniendo relieve en la talla de la roca y del torso curtido del pescador de fuertes manos, que el aparejo utiliza como engaño y señuelo. Habilidad que es frecuente entre quehaceres marinos. La ola se recoge casi al instante; suave como una balada o como el verso místico que se alimenta de sí mismo y, qué para los navegantes y marinos las olas más insoportables tan pronto aparecen como desaparecen antes de ser heridos por el viento.

Luanco, la villa más septentrional de la costa asturiana, se asienta sobre una pequeña ensenada, a orillas del Cantábrico. De ahí su ancestral e íntima relación con el mar y las actividades que éste propicia. Heredera de la Puebla de Gozón, cuya fundación tuvo lugar en la segunda mitad del s. XIII, su nacimiento está ligado a la captura de ballenas, que fue su principal ocupación entre los siglos XIV y XVII.

La villa, de variopinta morfología arquitectónica y cromatismo singularizado (particular querencia por el color blanco en el revoco), cuenta con un centro urbano que fue declarado Conjunto Histórico el 30 de mayo de 1991. Destacan: la calle de la Riba, con sus pintorescas casas de los siglos XVIII y XIX; el pequeño puerto, situado en la parte más protegida de la bahía; la iglesia parroquial de Santa María, obra barroca levantada entre 1728 y 1735 y declarada Monumento en 1992; la torre del Reloj, construida a comienzos del siglo XVIII; la casa-palacio de los Menéndez de la Pola, erigida en los siglos XVII y XVIII y declarada Monumento en 1991; la modernista casa Mori (1902), la playa de Luanco y la playa de La Ribera, en la que antiguamente se procedía al despiece de las ballenas.

A veces la verdad está en los ojos del que mira, y contempla con pasión de profundizar y mamar la historia y memoria de aventuras vividas. Para luego narrar con conocimiento y semblanza la verdad. Y también el relato más fiel. Escuchando a las gentes, que suelen ser las que saben, acariciándolo todo al momento atendido, tirando del hilo del pasado pero con cumplido consentimiento de el simple pasar del tiempo. El poder de la sencillez no tiene ni la mitad de la fuerza que posee el sonido metálico del siempre ansiado y presuntuoso dinero. Qué, no es más, a menudo, que herramienta dudosa para comprar fraudulentas emociones. Esto, muchos sabios lo aconsejan aplicar.

Don Manuel, que es un viejo pescador retirado, le cuenta al viajero.

-Pues por aquí mismo, lo que hoy es la playa de La Ribera, donde ahora pisamos, se descuartizaban a las ballenas.

- ¿En la misma playa?

- Sí, sí, Aquí mismo. Y cada uno de los marineros portaba un cuchillo de “manga de palo”, con el que cortaba la parte que le tocaba.

- Así, ¿sin más?

- ¿Cómo qué sin más? Aquí había mucho tajo. Y la parte del vientre iba a parar siempre a la Cofradía de Nuestra Señora del Mar.

- Debía de ser algo espectacular.

- Lo era, lo era. Don Manuel cuenta las cosas con pasión y entusiasmo. El viajero escucha atento como un escolar. Don Manuel si no hubiera sido pescador, hubiera sido un buen contador de historias o poeta de la mar. Esto de las profesiones artísticas a cada uno le va como le va, y le toca cuando le toca.

- ¿Oiga don Manuel? Pero esto, ahora, ya no se hace. ¿Verdad?

- ¿Por qué me pregunta lo que ya sabe, joven escribiente?

Don Manuel mira al mar y sonríe con picardía, mientras sigue contando relatos maravillosos.

Para poder escuchar mejor, el viajero está en silencio divino. Y sabe que una sonrisa recibida es como una caricia que traspasa la retina, y llega a una matriz común, de sintonías y armonías, que suelen servir para compenetrar empatías y entendimientos que del alma salen.

El suave, sereno y acompasado sonido del viento de Luanco es como un aire refinado y pulido, que va a parar, en remolino y tolvanera, de este gran momento que es la mística introspectiva. Y qué, el viajero, apunta en su cuaderno de espiral, a rayas, que siempre lleva encima. La palabra plasmada es el ingrediente más importante del narrador prosista. Es su pluma; la que ha de dar vida con la tinta que traza en el virgen papel, para que fluyan las emociones sin calumniar la honesta verdad. Para dejar huellas permeables que hagan el relato para siempre, que no se borre ni se disipe en el vano recuerdo, perdiéndose a lo que se dice en el olvido. Su fuerte arraigo a escribir y contar las cosas, al viajero, le atrapa como un abismo sin fondo, difícil de prescindir. Escribir es una manera de entender la vida. Y la duda suele ser la razón de cada escritor que se mide el camino con cautela, responsabilizándose de cada palabra que rubrica en el papel donde lo escribe.

Sigue soplando el aire que viene de mar adentro, y que acaricia aterciopelando la costa asturiana; como lo haría la suave mano de una ninfa al acariciarse los cabellos. A lo lejos se ven unas nubes que amenazan agua caída de los cielos, y vientos como furiosos y excitados. Al llover, una cortesía ceremonial se apodera de todo el paisaje: antes suave, sereno y acompasado. El viajero no se queja, pues sabe que el viento siempre es buen compañero de viaje.El viajero se va a dormir esperando con anhelo el nuevo día.

CAMINO DE LUANCO HACIA EL FARO

Amaneciendo sobre la repisa del innato y singular municipio. Al viajero un rayo de luz en la cara le rebota, en el entorno marino, que encanta en lo abrupto y escarpado del municipio de Gozón. El viajero despierta de su letargo y lo ve todo divinamente claro. El puerto, situado al poniente, -en donde el sol se sumerge en el mar cada final del día- crea paisajes que sólo serán, casi verdaderos, en los sueños más consumados y perennes. Como los rizos verdes del mar, que casi se pueden tocar con una cierta libertad y voluntad del alma. Inútil resistirse al paso del hilo de la vida, que va tejiendo el riesgo de los tiempos futuros. Y qué, jamás, dan la espalda al concurrente presente. Los campos del saber del alma se pueden medir por el amor de un aleteo de frescura de la mar que nos baña las costas cada día.

Saliendo por la parte alta de Luanco, a renglón seguido, el viajero marcha pisando por la carretera, desde el Barrio de Salamanca, dejando a la derecha el cementerio -que es tierra de descanso eterno para las almas que llegan a ser esencia-. Donde Dios, se conoce, que las protegerá para siempre de todo mal.

El viajero, bien calzado con botas de suela antideslizante, arropado por un jersey de rallas y una pequeña mochila a la espalda, parece de estos que vagan por los caminos buscando el riesgo de los tiempos. Se llega al final de la carretera y, luego, se gira a la derecha y ya se ve el comienzo de la senda, donde comienza el momento que se le presta a la vista que todo es bien y deseo. Árboles llenos de hojas de color del zafiro suenan a viento provocativo y curtidor. Los arbustos se asemejan a viejas molduras y parecen adornos de resalto, que disfrutan con el gusto del tacto de un aire que el viento les roza. Un viento que se resbala, desnudo, entre manojos de ristras vestidas de sombra en sus ramas misteriosas.

Todos los pueblos tienen su encanto. Todos los lugares tienen su magia y sus sabores de mermelada. Tolo es cuestión de pasar por ahí; por casualidad, o no. De saber escuchar atentamente el roce del silencio, siempre callado, siempre mudo. De ver con la mirada clara y, de saber oler las fragancias que embriagan; como esencias labradas en un puñado de tierra que el tiempo guarda.

El descenso comienza hasta Moniello, y sigue por una senda asfaltada toda ella. Las casas aparecen a izquierda y derecha -girando la cabeza, con gracia, se pueden ver todas a la vez-. Seguimos, y nos adentramos pasando por la frondosidad del bosque que guarda el tiempo. Al salir de la espesura de las arboledas, se nos aparece la playa de Monielo, con su costa de bello encanto y su brisa marina rebotando en el cielo, que hace sentir la mañana fresca con todo el recodo remanso del sol, en el instante que dura en alumbrar el amanecer, haciendo magia con su curvatura de luz en el momento más profundamente vivo, matando su sombra para dar paso a la sonrisa de la fresca mañana.

Una pista pintada de color rojo sigue señalando el camino hasta el Faro. A la izquierda de la carretera nos indica que vamos bien. Antes de llegar a un puente seguimos la indicación de Bañugues -Cabo Peñas-, en un rótulo de fondo de color blanco, que anima hasta la sombra más perezosa a seguir concibiendo camino, y haciendo gestos para alcanzar su cuerpo opaco. Indicando que vamos bien y encaminados hacia el escenario, ciega el alma de ansia por llegar al destino. Por aquí pasa un río, rozando con sus aguas la corteza de los árboles. Parece algo mágico. Y qué, el final del río, acaba como todos; alcanzando el lustroso mar. Se contempla la playa de Bañugues, como cosa que maravilla la vista, con el horizonte que parece vestido de suaves trazos, representando un perfil que esboza el pequeño pueblo. En su puerto, las olas azuladas parece que caen de lo alto de los cielos. Desde sus dársenas se contemplan los mástiles más altos y bellos de los pesqueros. Estos yacen amarados y dormidos. Algunos como soñando; como si hablaran en forma de llantos, de gemidos y de expresiones muy teatrales entre ellos.

El viajero, a sus cuarenta y seis años, tiene muy claro que precisa más mimos que vicios, y continúa el camino emprendido, tranquilo y manso. Al paso, los árboles se cruzan en la ruta con elegancia y sintiendo la mañana fresca, aromatizada y buscando un rincón en el aire. El viajero se siente más lozano y flamante que nunca. Se siente de la mejor manera que puede y su espíritu está potente y cumplidor. Por la carretera que va al faro, se huele la fragancia y la dulzura del mar, que se filtra por el oído con fino susurro; como si le llamara a uno, como si le encantara, como lo hicieran las hadas caprichosas, como cosa hecha a propósito. La copa de un árbol se divisa a lo lejos. La vista se hace borrosa por los polvorientos caminos y sendas, donde no suelen haber cercos que detengan ni frenen el más desnudo de los pensamientos. Veo la flor y siento su perfume, su aroma que me embriaga y aturde por su letargo. La libertad es algo que se siente, que se palpa, que se percibe como el lejano mar de los suspiros. Y, el viajero, no se siente culpable por ello. ¡Nada más lejos! Sentirse un poco hedonista tampoco es pecar de egoísta. Sino qué, por tiempo, ha de coger todos los bienes, deseos y anhelos más sedientos de esta correría de andanza por tierras asturianas.

El viajero, siguiendo por el camino seguro y trenzado por las ramas enredadas, se imagina como la hoja y la piedra se abrazan como si fueran amantes. Ya se ve el indicador de Cabo de Peñas. El viajero se siente mucho más estimulado y atrevido. A continuación, gira por la pista asfaltada y con barandilla de madera.

La carretera GO- 1 lleva a Cabo de Peñas hasta salir al puerto pesquero de Ribera. Este municipio, aparente y de penetrante esplendor de fragancia de mirra, nos lleva donde aparece el mar, otra vez, que se nos presenta como un pedazo de delirios azulados. Es ese instante, mágico y de estado de flujo, el que le da esa manía absurda que tiene el viajero de ganas de vivir la vida.

Más adelante, otro puente, nos lleva a los fértiles prados de Bañugues. Una vaca aparece al trote por el camino del viajero. Este se asusta un poco; más por falta de costumbre que por descortesía hacia el animal. Pues no es propio que, en las grandes urbes, las vacas vayan por la calzada. Cosa qué, tampoco sería tan turbador ni trágico, sino signo de qué compartir el espacio con las bicicletas y demás utilitarios humeantes, tampoco sería manifestar locura. El estiércol orgánico de vacas lecheras ecológicas, es el mejor fertilizante.

A su paso, el almacén de grano se nos aparece de frente. Es una gran estancia, donde se encuentra una mezcla de artesanía y arquitectura campestre y de labriego, donde descansan el hórreo y la panera sin que nadie los moleste. Luego nos viene una pendiente un tanto empinada y, después de rebasarla, se sale hasta alcanzar un par de restaurantes, ideal para tomar café, agua, un refresco o lo que se le tercie al gusto del paladar. En esto no hay nada escrito, y cada cual se nutre de lo que le viene en gana.

Fundido por su utópica quimera de ver publicadas estas “aventuras” por tierras asturianas, el viajero derrama pasión y fervor con su pluma por donde va cruzando, y va recogiendo suspiros de estos que vagan por los caminos, como si fueran duendes que le cuentan cosas; con sus miedos y fantasías, con sus preguntas y sus dudas del escritor viajero, circulando por las sendas de la mente ideas maravillosas que le llevan al más dulce de los ensueños, que son como espejismos de la imaginación. Escribir es una ardua tarea y lleva su tiempo. Pero qué, al viajero, le llena por todos los poros de su piel, con la abertura suficiente que sería capaz de perderse en la bruma de los tiempos más remotos. Y sabe que el plasmar palabras es algo que le fascina y le seduce como un éxtasis de encantamiento, porque el tiempo, no le preocupa. ¡En dos meses pueden pasar tantas cosas! En dos meses a uno le puede cambiar la vida y todo.

Saliendo por la carretera, los caseríos aparecen como nobles casas y con la omnipotencia de un castillo, y algunos chalets también se asoman tímidamente. Luego, otra señalización pasando delante de una Casa de Aldea, y otro restaurante. Más adelante nos encontramos una casa con su típico lavadero, todavía en uso, que es rutina de costumbres.

Entre casas y praderías se alcanza el monte que conduce al último tramo antes de llegar al faro que comunica Bañugues con Veridio.

Más grava y más arena. Por el camino pasamos por varios montes de eucaliptos, pinos, algún castaño y matorrales enrevesados. Casa Pararo se deja a la izquierda, -no a la derecha, conviene insistir-. Por la AS-328 en el próximo cruce nos conduce a la desembocadura de Cabo de Peñas. ¡Ahora sí!

Una baliza de madera que indica PR AS – 257, nos ayuda a guiarnos mejor. El viajero prolonga el camino con destreza y desenvoltura, y de su cuerpo parte el alma quebrada y el espíritu inquieto. A veces el asfalto aparece en el camino como un espejo mágico, que refleja la luz como el diamante en bruto lo haría, cuando los rayos del sol chocan con vehemencia y apasionamiento contra el suelo, y rebota en ellas tan grande belleza. El denso silencio sólo se produce cuando un vago aire soñador exhala su aroma durante más tiempo para alargar el momento. Cuando las prisas están ausentes, la libertad es algo que se siente más cerca; como si rozara la vaga idea de vivir la vida a su manera. Es algo que deja partir un gesto de felicidad muy visible, muy claro y palpable en el rostro. El viento sopla de cara y, furioso como queriendo penetrar en la piel, para implicarse y mezclarse, por una irrefrenable necesidad de felicidad que tampoco está muy lejos de ser alcanzada.

Entrando por la N-II nos encontramos preciosas vistas de Verdicio, con su iglesia y su solvente playa de arena al fondo.

La capilla de O nos la encontramos lista para rezar en el centro del pueblo de Ferrero. ¡Ya llegamos! La óptica del Faro se ve de fondo, hermosísimo e iluminado, donde hay un mirador atalayado que es el penúltimo tramo, de su espigón protector, abruptos y espectaculares. Adentro casi una milla, pero tampoco importa. El Cabo de Peñas muestra un interés paisajístico y ambiental único, donde el faro propina destellos blancos cada quince segundos, de una luz que va caminando hacia el mar como el sonámbulo pensamiento. ¡Ya estamos en el Faro de Peñas!

Supe que no estaba Dios esperándome en aquél faro.

Prolongar el camino es virtud y fuerza que da energía de la libertad emancipada, de sentirse desvinculado y liberado. La libertad del escritor es algo que se siente entre el alma y la sólida sustancia del cuerpo, entregado y ofrecido al placer del viaje. La intensidad del deseo es la verdadera sensación del peregrino, de pluma en mano y de curiosidad siempre alerta y dispuesta a contar historias. Desligado del tiempo, dueño del soberano vacío del intervalo y el momento. ¡Yo soy tiempo y quebranto del alma mía!

“Y supe que no era Dios quien me esperaba en aquel faro, sino el espejo del alma mía reflejado en el agua curtida y empujada por el viento.”

El faro de Cabo de Peñas se asoma con marca muy visible al acantilado Cantábrico por el descubierto satén de aguas saladas, en la banda más septentrional de la Asturias más apartada. Impaciente, el viajero espera, entre luces, al desvelador crepúsculo que caiga la noche. Y en la espera, se oye el compacto sonido del golpe de percusión que suena cuando la ola choca contra los afilados riscos, que son bañados por la mar agitada. El mar Cantábrico viene de cara, arrogante y presumido. Asturias es avistada a lo lejos por sirenas que encantan con sus cantos líricos y armoniosos. Ninfas de bellos senos, con miradas de infinitas delicias y gozo del agrado e intensidad del deseo, mostrando su sonrisa embrujada como ondinas presumidas. En la que su misterio es qué son peces de la mitad para abajo. Los navíos y embarcaciones que se deslizan por la testigua y muda agua; pesqueros los unos, mercantes los otros, algunos de paso también, solo de paso, para no detenerse y seguir su curso para transportarles al lugar que su rumbo les marca.

Desde tierra firme, el viajero mira al horizonte rubricando con la mirada, para pensar sin darse prisa, buscando el momento y las respuestas de la maravilla que le entra por la retina desde el viejo faro. La ola brava sigue golpeando a las rocas, con la sólida fuerza del oleaje de rizaduras arrogantes y decididas. Mientras, el resto, bailan desacompasadas en una coreografía casi perfecta, constante e inmutable; como una fricción que renace en cada nueva onda de fuerza generadora que rebota en la agitada agua. El faro de Cabo de Peñas es ayuda del navegante que es viajero de la mar. Y es, también, asterisco de referencia, señal y testimonio de los pescadores para un seguro arribo a puerto. De poniente, sopla el viento que silba descarado y sin más disimulo que su cometido, que es mover el aire como los cabellos de una doncella; dulce, desenredado y liberado. Para acabar siendo guía de los destinos y direcciones que disipan el rumbo vagabundo de la distancia.

Ensenadas y caletas entrantes, marcan el camino de difícil acceso desde el viejo faro a tierra, camino de arena y musgo. Misión de vigilar tienen todos los faros. El cielo por la noche está lleno de estrellas, y el ruido de las olas llega como una suave melodía. El mar es muy sabio y no hay que ignorarlo. Cuando el viajero se asoma al acantilado, ve y siente como la ola muere en la orilla vestida de musgo. El mar es muy rico en mitos y leyendas. Muchos mascarones de proa han visto pasar estas costas, trazadas para la vendimia de recoger al marino y compartir las orillas. Las olas, que vienen de un mar cerrado, son capaces de hundir un navío, pero también de guiarlo hacia tierras lejanas. Los riscos, testigos mudos de tanta verdad, atrapan a los barcos que navegan por sus proximidades. Pero el viajero quiere vivir el tiempo presente, que dicen que es el momento que más densamente vivimos.

Una necesidad de liberación llama a el viajero, infinitos sonetos rebotan en las esquinas del cielo de un sentirse acariciado, de un percivirse vivo por el momento más deleitoso. Ese, al que la marca del agua nunca alcanza, saboreándolo todo como un néctar de aromas distintos. Cada mañana, el Cantábrico es diferente a la de cualquier otro día. La quietud se ve sólo turbada por unas gaviotas que cantan alegremente, y que van camino hacia el faro por el justo cielo, para luego perderse en el espacio infinito. Pues repito, que no todo en la vida es considerar que lo logrado va a perdurar en el tiempo. El viajero no es juez de nada, sólo es narrador testigo y no tiene ningún derecho a intervenir, ni tampoco a entrometerse en ninguna situación en la que se le encuentre. Pues, lo mejor, suele ocurrir en los momentos breves, en los instantes efímeros y pasajeros. Lo cotidiano no es nada especial, ni tampoco peculiar que sea virtud de la fascinación. Los pilares de la sabiduría puede que no se asienten siempre en el sentido común. El viajero no se arrepiente ni por un momento de su osadía de parar el tiempo, de dejar atrás una vida cotidiana y de habituales rituales sociales que no acaban de estar claros. No hay que dejar pasar la oportunidad de la aventura, para sentirse sorprendido y fascinado por la maravilla tricolor que ofrece el paisaje de las tierras asturianas; el azul del cielo, el verde del mar y el ocre de la tierra, sintiendo el placer y la sorpresa vividos por el camino. El lastre del tiempo es la sala de los sueños. Cierro los ojos en la punta más septentrional del lustroso Faro de Peñas, que mira al mar como un cristal, y me dejo llevar por la vida de; el viajero, que sí estuvo allí. Hoy, cuando el sol se ponga, sabré que son las siete.

¿Continuará...?

Autor: Sergio Farras, (escritor tremendista)

REGISTRO DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL Dep. de Cultura de la Generalitat de Catalunya NUM. B-0530-11

MI EXPERIENCIA EN EL HOTEL LUNA DEL VALLE

Nueva de LLanes, Llanes

HOTEL LUNA DEL VALLE

El sol ilumina aseñorado y radiante como un candil de capucha de mariposa amarillenta. Pasa trazando el camino titubeando, casi con un trémulo centello luminoso con sus rayos traslúcidos al municipio costero de Llanes. Con el Cantábrico por testigo habitual de cada nuevo día, se levanta la mañana limpia y pura como el sorbo del néctar en el cáliz de la vida. Ya, la noche, se despide para echar a volar tranquila a sus sosegados aposentos. Se acomoda el suave pensamiento del traslúcido amanecer. Y, un lazo de nudos imaginarios, se desatan y escapan de la memoria viajera, en forma de pensamientos de infinitas delicias, delicadas y sutiles al tacto, como una suave y sedosa medusa transparente y liviana que va a la deriva. Y en el letargo del viaje, todo se haga con el mismo ímpetu y vehemencia. Como lo hiciera una discreta medusa. Al viajero, las medusas siempre le han parecido seres maravillosos que vienen de inimaginables lugares.

El viajero se apea en la estación de “Nueva de Llanes”, viene de Oviedo, que es ciudad tranquila y de concepción urbana. La estación del tren de Nueva, es pequeña, pero diáfana y limpia. Son las siete de la mañana. Mientras, en el municipio de Nueva de Llanes empieza a clarear, abierto como la flor, cubierto de ese especial rocío que dona la temprana mañana, tiñendo de verde el húmedo prado y de azul celeste el infinito cielo. El aire se manifiesta silbando y engreído, casi provocador, soplando a ras del verde pasto asturiano, para que entienda que viene de otros puertos más lejanos. Es un aire viajero y algo trotamundos, un aire que parece como si se preguntara a quien aguarda a su llegada.

Al Viajero se le ocurre un sencillo poema:

Las mañanas que estoy cerca del mar, oigo como una voz que me dice al oído:

“Hoy estoy en aquel pueblo donde me trajo un amigo”.

A Nueva de LLanes, el viajero viene invitado por su amigo Antonio Sainz, que es el propietario del hotel “Luna del Valle”. Es una casa antigua de aldea asturiana del siglo XIX reconvertida en un espectacular hotel, donde el confort acogedor y los deleitosos momentos de luz, hacen que la intención de pasar unos días de descanso, sea un capricho al punto de lujo pero sin llegar a lo vanidoso.

Nueva de Llanes es una villa que abraza mansamente la costa occidental asturiana, a unos pocos kilómetros de Llanes, y a otros pocos de Ribadesella. Tiene unos setecientos habitantes, -más o menos-, y todos se suelen llevar la mar de bien. Es un pueblo tranquilo y apacible, sin prisas ni agobios que lo espanten. Ubicada entre el lustroso mar y rodeada de esbeltas verdes montañas, y a muy poca distancia de varios puntos turísticos de su entorno.

El Viajero se encuentra con su amigo Antonio que le da la bienvenida.

- ¡Hombre Antonio! ¿Cómo va todo?

El Viajero y su amigo se funden en un abrazo.

- Bien. Aquí, preparando tu habitación.

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